La historia de Emi y Lara: de empaquetar pochoclos a crear una marca de ropa para más de 20.000 hombres en Argentina.
Emi en su puesto en Aeroparque Jorge Newbery. Aerolíneas Argentinas, donde trabajó 10 años.
En 2014 entré a trabajar en Aerolíneas Argentinas. Un trabajo estable, con sueldo fijo, obra social, pasajes gratis. El tipo de trabajo que cualquier familia te dice que no sueltes nunca.
Pero no estaba feliz. No me sentía valorado. En 2017 leí Padre Rico, Padre Pobre y ese libro me clavó una espinita que nunca más se fue: "hacé algo tuyo". Supe que no quería ser empleado el resto de mi vida.
Desde ese día, cada turno en el aeropuerto lo pasaba pensando en cómo salir. Pero salir no era fácil: necesitaba ese sueldo para vivir. O al menos eso creía en ese momento.
Mientras trabajaba en Aerolíneas, probé de todo. Cada idea era "la definitiva". Ninguna lo fue.
Mi primer emprendimiento, con mi mejor amigo David. Vendíamos productos de tabaquería y llegamos a abastecer más de 10 kioscos 24hs en nuestra zona. Lo tuvimos un año y medio, pero no nos alcanzaba para vivir — era un extra.
No alcanzabaNo llegaba a fin de mes. Hacía Uber, vendía comida en el trabajo — iba 3 horas antes de mi turno a vender sanguches de milanesa. No era feliz para nada, pero lo hacía igual.
Sobrevivir, no crecerNuestro primer emprendimiento juntos con Lara. Ropa femenina online con showroom. Ella era la modelo, la socia, todo. Le pusimos todo. Pero el mercado no nos acompañó.
No funcionóEn la pandemia me animé a salir a cámara. Streameaba videojuegos e IRL, 3 horas por día. Pensaba que iba a ser streamer famoso y monetizar mi contenido. Pasó un tiempo y me di cuenta de que no era lo mío.
No funcionóCon dos amigos armamos un rig con 24 placas de video y un ASIC minando Ethereum y Bitcoin. Un año de electricidad, ruido y calor. Uno de esos amigos terminó siendo mi primer proveedor de ropa — el que confió en financiarme al principio. Le demostré que quería hacer algo para salir de mi trabajo.
No funcionó, pero sembró algoJuegos play-to-earn con criptomonedas y NFTs. Tuve 25 becados jugando, criaba personajes digitales y los vendía. Por primera vez en mi vida tuve plata de verdad — dejaban buen dinero. Pero un día todo se desplomó. Un nuevo fracaso.
Se cayó todo
De tabaquería a cripto, de Uber a streaming. Cada fracaso me acercó un poco más.
Más de 10 intentos de negocios y rebusques distintos. Hasta iba a Paraguay a traer electrónicos para revender. Y seguía yendo cada día al aeropuerto con la sensación de que algo tenía que funcionar.
En noviembre de 2018 conocí a Lara. En ese momento yo vendía comida en el trabajo para ganar unos pesos extra, y ella me ayudó desde el primer día.
Recuerdo una noche: se quedó empaquetando bolsas de pochoclos para que yo pudiera venderlos al día siguiente. Recién me conocía.
Estuvo en todo. Intrépida Moda fue nuestro primer proyecto juntos. En Axie puso horas conmigo. No era solo mi novia — eran los primeros pasos de una relación comprometida. Era mi socia real. Y cuando todo se caía, ella seguía ahí.
En marzo de 2023, después de varios fracasos y de sentirme mal conmigo mismo, lo volví a intentar. Volví a vender por internet, pero esta vez fue distinto: habíamos aprendido a hacer pauta digital por nuestros propios medios, algo que no sabíamos antes. Habíamos descubierto un superpoder.
Empezamos en mi propia pieza, con stock apilado entre la cama y el escritorio. Cuando ya no entraba más, pasamos a una habitación de 2x3 metros en la casa de mi abuelo. Un año antes se le había prendido fuego. Las paredes todavía tenían moho y olor a hollín.
Izquierda: mi pieza, donde arrancó todo. Derecha: la habitación de mi abuelo, nuestro primer "depósito".
Empezamos sin un peso. La mercadería era 100% fiada — un amigo se convirtió en mi proveedor y confió 100%. Era ropa deportiva importada de China. No nos representaba, pero se vendía fácil. El nombre era "Todo Importado" porque vendíamos lo que conseguíamos, no lo que queríamos vender.
A fin de 2023, la habitación quemada ya no daba más. Pedimos garantes y alquilamos nuestro primer depósito con costo real — todo lo anterior era gratis en mi casa. Mi primo Álvaro se sumó como primer empleado — se quejaba de que yo compraba y compraba ropa sin parar, pero nunca dejó de bancarme.
Nuestro primer depósito con costo de alquiler. Ya no era mi pieza ni la casa del abuelo.
En mayo de 2023, justo cuando la ropa empezó a funcionar de verdad, me quiebro el brazo.
No podía embalar. No podía cargar. No podía hacer nada.
Lara se hizo cargo de todo. Preparaba los pedidos, organizaba el depósito, atendía clientes, y repartía en moto.
Tuvimos dos depósitos al mismo tiempo. Lara se ocupaba 100% de uno y yo del otro.
Los dos depósitos: el de Emi (izquierda) y el de Lara (derecha, 26/12/2024).
En paralelo, probamos vender mates artesanales con "Matear Store". Tampoco funcionó. Fracaso número 7.
Pero la ropa sí funcionaba. Así que decidimos: 100% indumentaria masculina. Nada más.
Y en 2024, después de 10 años, dejé Aerolíneas Argentinas. Por primera vez en mi vida, me dediqué 100% a lo que quería hacer.
En febrero de 2025 alquilamos un galpón de 300m². Los costos fijos se multiplicaron. El miedo era enorme.
Pero ya no éramos los mismos que empezaron en esa habitación quemada. Habíamos sobrevivido a todo lo demás.
El galpón de 300m². De una habitación quemada a esto.
Llegaron nuestras primeras importaciones directas. Por fin podíamos diseñar y fabricar nuestras propias prendas. Ya no vendíamos lo que conseguíamos — vendíamos una solución, una experiencia, no una prenda más del montón.
Registramos la marca CLUB BASICO.
"Todo Importado" se convirtió en "Club Basico" el día que dejamos de vender lo que podíamos y empezamos a crear lo que queríamos.
Hoy somos una PyME con marca registrada. Diseñamos cada prenda pensando en el hombre argentino real: su cuerpo, su clima, su vida. Sin humo, sin marketing vacío, sin modelos que no se parecen a nadie.
Club Básico sigue creciendo y evolucionando, pero gran parte de lo que existe acá nació en esos años donde construimos todo juntos.
Lara y Emi. De empaquetar pochoclos a crear una marca juntos.
Porque detrás de cada remera, cada jean, cada campera que te llega, hay 8 años de intentar, fracasar, y volver a empezar.
Un empleo en una aerolínea que no me hacía feliz. Una Fiorino para hacer fletes. Una tienda de ropa femenina que cerró. Un rig de minería que se apagó. 25 becados en un juego que dejó de existir. Un brazo roto. Y una mina que se quedó empaquetando pochoclos la primera noche que me conoció.
Cada vez que elegís Club Basico, estás eligiendo apostar por esta historia.
Gracias por ser parte desde el inicio. Gracias por confiar cuando éramos desconocidos. Gracias por hacer que todo esto sea posible.
— Emi y Lara